lunes 23 de noviembre de 2009

Informe de urgencias.

-¿Cuántas pastillas se ha tomado?
Procedencia: particular.
-No lo sé, ¿cuántas suele haber en una caja empezada?.
Motivo de la atención: Intoxicación por ingesta de medicamentos.
-Demasiadas para una sola noche. ¿Por qué lo ha hecho?.
Enfermedad actual: Paciente de 18 años de edad refiere esta noche por ingesta de medicación ya descrita, por lo que acude a urgencias, tras haber vomitado en domicilio.
-Estaba viendo una película, “Al este del Edén”... Desde James Dean, nadie ha sabido nunca objetivar tan bien el deseo sexual, ¿no le parece?... No sé por qué lo he hecho, no creo que deba haber un motivo, de hecho no creo que exista ningún motivo por el valga la pena hacerlo, me imagino que cuando eres joven estás sometido a la dictadura de tus emociones, las emociones no atienden a razones, ¿usted aún lo recuerda, verdad?.
Exploración física: Consciente y orientada, con lenguaje conservado.
-No se deje engañar por estas canas, yo también me he educado viendo la televisión, la distancia entre nuestros mundos no es tan grande. Quizás los jóvenes de hoy piensen que sus modelos son distintos de los nuestros, quizás usted se encuentre también entre esa audiencia que se jacta del sofisticado grado de su renovada estética, mientras observa con lisonjero rechazo el pasado, pero no olvide que compartimos la misma ingenuidad de ser humanos, los mismos límites, la misma conciencia y sobre todo los mismos errores. Al fin y al cabo, qué distingue el prurito de los universitarios con traje de Armani cuya ambición no conocía escrúpulo, de los populistas bandoleros de la fama que exhiben sus chándals cuajados de lentejuelas en el “prime time”, por los que se han visto sustituidos. Si se detiene un momento podrá observar cómo desde los años yuppies, la filosofía no ha variado un ápice su mensaje, desde entonces se escuchan las mismas respuestas al que sabe preguntar, qué hacer con el mundo, qué hacer con la vida. Actividades como descubrir, inventar, crear, ocuparse del mundo en definitiva, han ido desapareciendo en la escala de necesidades de la mayoría, conforme se apilaban los cadáveres en el período de las empresas bélicas, hace más de medio siglo. Por qué se preguntará usted, acaso han desparecido los escritores, los pensadores, los políticos, podría replicarme, y sin embargo ya lo sabe, en realidad todos lo sabemos, porque al volver la mirada buscando aquellos hombres inspiradores de otra era, tan sólo encontramos slogans publicitarios en los que se promociona la felicidad. Yo no sabría decirle si descubrimos antes la rentabilidad económica de tal empresa o fue por el contrario anterior nuestra vocación por este espíritu, en cualquier caso, una cosa es cierta, que hoy la mayoría sólo queremos ser felices, como si eso fuera posible, felices en la medida que huimos del dolor, de toda disciplina del dolor y nos acomodamos en el placer insaciable de los sentidos, haciendo de nuestro mundo cada día un lugar más pequeño. Pero del placer, de su gozo insatisfecho se conduce inevitablemente a un desenlace, igualmente lineal y trágico, a la ansiedad y al hastío, como usted acaba de comprobar, y su generación, con su intolerancia a la frustración da buena prueba de ello. Las emociones ejercen su dictadura sobre nosotros el día en que capitula nuestra razón, señorita... Yo, sin embargo, prefiero a Warren Beatty en “Esplendor en la hierba”, me imagino que es una cuestión generacional.
No hay evidencia de focalidad neurológica.
-Hummm..., una cuestión generacional, eso me recuerda a Ortega y Gasset, “yo soy yo y mi circunstancia”... En realidad no sé muy bien qué relación tiene la guerra con la felicidad, ni la felicidad con la televisión, pero me gusta Thomas Bernhard, que para mí es la voz de la guerra, de las secuelas de la guerra, aunque nunca me leería un libro suyo si tuviese que quedarme encerrada en un hospital, no le gustaban demadiado los hospitales, ¿verdad?.
Auscultación cardíaca rítmica sin que se detecten soplos ni roces pericárdicos.
-Así es, “la vida es lo individual”, es decir yo en el mundo, pero entienda que el mundo no es una cosa, ni siquiera es la suma de muchas cosas, el mundo es un escenario, porque la vida es una tragedia o un drama, es la acción de el hombre, en ese escenario. Vivir es tratar con el mundo, dirigirse a el mundo, actuar en el mundo, ocuparse de el mundo. Dicho de otra manera, la realidad que nos rodea “forma la otra mitad de mi persona”... Bernhard estaba enfermo, a nigún enfermo le gustan los hospitales, de hecho a mí tampoco me gustan demasiado, sólo trabajo en ellos.
Abdomen blando y depresible, no doloroso, sin signos de irritación peritoneal.
-¿Entonces que mi vida sea fea y aburrida implica que yo soy fea y aburrida? Mi psicóloga me cobra cincuenta euros la hora para convencerme de lo contrario, de que yo puedo controlar mi vida, hacer que cambie, y haciendo que cambie mi vida, controlando mi vida, en ese proceso, hacer de mí una persona diferente. Yo puedo ser lo que yo quiera, no creo en ningún determinismo.
Sin evidencia de visceromegalias ni masas.
-”Las conclusiones de la pasión son las únicas dignas de fe”, qué duda cabe, la fe es un motor poderoso capaz de movilizar la idea más abstracta, conclusiones que carecen de verbo pero que a la vez y sin embargo penetran con la firmeza misma del pensamiento, pero la respuesta que obtengamos a nuestras dudas, a esas dudas que comoponen nuestra fe, en el juego de estrategias que supone la dialéctica, siempre dependerá de las palabras que con mayor o menor fortuna haya conjugado el autor para sacar las cuentas en su ábaco. Las ideas, al igual que los sonidos, los colores, la naturaleza, se desplazan en una dirección única, pero no siempre el sentido de la dirección es el acertado. Escoja bien a su autor para responder a sus dudas.... En cualquier caso, si encuentra ser fea y aburrida su mayor condena, sepa al menos, si le sirve de consuelo, que la comparte con buena parte, por no decir el total, de la comunidad de filósofos y escritores.
Extremidades inferiores sin edemas y con pulsos presentes y simétricos.
- ¿Por qué no le gustan los hospitales? ¿Está usted enfermo?.
Evolución: Se consulta con psiquiatra e indica continuar con medicación prescrita, control por psiquiatra de área.
-Estoy cansado, cansado de curar, cansado de curar para que el paciente vuelva a enfermar, cansado de curar para que el paciente continúe sufriendo, cansado de curar para que el paciente finalmente muera, estoy cansado de curar para que no sirva de nada. En mi profesión eso puede considerarse una enfermedad en sí misma, una enfermedad rara sin diagnosticar, stress, depresión, no lo sé. Cuando comencé a trabajar creía profundamente en ella, se lo aseguro, pensaba que podía ofrecer soluciones a los problemas que tenía la gente, que podía ofrecer respuestas, curarles el dolor, hacerles felices, que mi conocimiento salvaría vidas. Pero con el tiempo he descubierto que no se puede, porque no es posible, que no se puede salvar la vida, demasiadas veces la he perdido ya para que me convenzan de lo contrario... Por eso no me gustan los hospitales, aquí la gente siempre está sufriendo, siempre se está muriendo, y yo no puedo hacer nada al respecto.
Diagnóstico principal: Trastorno límite de la personalidad.
-Entonces usted lo que necesita es descansar doctor, sólo eso. ¿Le apetece tomar un café?.
Tratamiento y recomendaciones: Continuar con medicación prescrita.
-Hoy no puedo, estoy de guardia. Tal vez mañana.
Destino al alta: Médico de cabecera.

La muerte familiar.

"El primer pecado prepara el lecho al segundo"
Adagio checo

Hundía la cría del pollo bajo el agua, lentamente, obsevando cada convulsión, mientras entendía y calibraba el peso de la vida, tan frágil, sin darle mayor importancia al juego, esbozando una sonrisa de satisfacción conforme el aliento del pollo en un estertor entraño y silencioso se desvanecía entre sus dedos.
Este era el instante del día más cercano a la felicidad que Homer podía experimentar, lejos del miedo y del mal olor que despedía su padre.

Su padre, ex-militar (licenciado con una acentuada cojera en la pierna derecha), ex-buscador de oro (de cuyos lejanos valles volvió sumido en la miseria), ex-marido (según las habladurías del pueblo), se había hecho cargo de la educación de Homer tras casarse con su madre, una viuda angelical, propietaria de una humilde parcela de tierra y unas cuantas reses de ganado, dos años atrás.

Pronto, desde el primer día y con ímpetu marcial, este hombre de turbio pasado y aspecto de cuatrero adoptó a Homer como a su mismo hijo, con la decidida vocación, podía escucharle repetir a su madre, de hacer de él un hombre de provecho. Su primera decisión fue sacarlo del colegio, donde según afirmaba tan sólo encontraría el ánimo de la frustración, una vez descubriese que él no había nacido para ser presidente. Podía resultar terriblemente elocuente en ocasiones, su padre, y así entendió desde aquel día y en adelante que sólo existen dos tipos de hombres, los que están llamados a gobernar y los que deben ser gobernados.

Una vez fuera del colegio, y a pesar de su corta edad, el trabajo, que comenzaba todos los días a las 5h de la mañana con las tareas de la granja, pronto se convirtió en una edificante rutina que se alargaba hasta bien entrada la tarde, cuando llegaba la hora de la cena y poco más quería saber del mundo que no estuviese relacionado con una sopa caliente.
El trabajo que le encomendaba su padre se fue volviendo paulatinamente más exigente, pero Homer nunca protestaba, y así con el tiempo desarrolló buenas virtudes en las labores necesarias para hacerse cargo de la gestión de la granja, convirtiéndose en un orgullo para su madre.

Así vivía Homer, dentro del trabajo, en un mundo de reducidas dimensiones, acotado por los austeros límites de la naturaleza, un mundo de tierra, abono, sudor y ejercicio físico, un mundo que con el tiempo estaba comenzado a comprender, un mundo cuyas distancias, perpetuas en la memoria, recorría con la agilidad de una bestia.
Y sin embargo Homer no amaba la tierra, porque Homer no sabía amar, carecía por completo de cualquier sentido de propiedad o de dominio, al igual que tampoco habitaba en Homer la inquietud por descubrir los nuevos horizontes que en alguna conversación había oido mencionar, toda esa poética a la que denominaban libertad. El animal que era, en el orden que imponía la disciplina del trabajo diario, encontraba todo el consuelo necesario a la dolorosa existencia.

Homer no sabía amar, no le habían enseñado, pero en su corazón se podía escuchar, si se escuchaba de cerca, lo suficiente, un sonido asincopado, de un latido más sonoro, un latido furioso, el latido de la ira, el latido de su voluntad. Cuando cumplió los dieciseis años, Homer odiaba, desde hacía tiempo, odiaba un odio viejo, Homer odiaba con tanta intensidad como se puede odiar en la vida adulta, más aún, el odio que Homer había ido acumulando hacía su padre era tan vasto, y su fortaleza física había crecido tanto, que el riguroso miedo que antes sintiera hacia él, ese miedo director que gobernara cada jornada de trabajo sin descanso, el miedo a ese desconocido, el miedo a su fuerza bruta, a sus represalias, a su castigo, a su justicia marcial, el miedo a ser dominado, se había tornado en temor a sí mismo, cada vez que se encontraban juntos, a no saber contener su rabia y poder cometer un delito que dejara viuda de nuevo a su madre, por la que a pesar de saber culpable de su mayor mal, nunca había dejado de sentir un profundo afecto, el mayor afecto que le permitía su encayecido espíritu.

Pero la adolescencia es una etapa reservada al descubrimiento, a la pérdida de la inocencia, y en el caso de Homer cuyo conocimiento de las lejanías de la vida, a pesar de su analfabetismo, era profundo como el clavo de una herradura, no lo fue menos, la fortuna le tenía resevado un nuevo hallazgo que sin saberlo; así es como suceden los mayores acontecimientos en la vida de una persona, alejados de las llanuras de la conciencia; determinaría todas las decisiones que tomara en adelante, y con ellas su futuro.

La enfermedad, ese dialecto de la muerte, apareció en el hogar y se hizo carne en la figura de su madre, el único ser vivo por el que practicaba un sentimiento similar a la compasión, forma de sufrimiento esta a la que no era inmune Homer. Todo comenzó con una inexplicable debilidad acompañada de una leve asfixia que día a día le fue impidiendo cumplir con más obligaciones en casa, hasta que una mañana no pudo levantarse de la cama, empapada en sudores fríos. Así madre un día enfermó, sin explicación, sin motivo, ni razón de unas exóticas fiebres, fiebres que no habrían de bajar, a pesar de que Homer y su padre hicieran todo lo posible, llamando al médico, sumidos en la desesperación. El médico, un hombre enjuto, alto, delgado, de mirada ávida y traje negro de forense, la sometió a sangrías, le hizo cortes por todo el cuerpo, la sangraron casi hasta vaciarla de sangre, se quedó pálida, blanca como la cal. Probaron después con infusiones, hierbas de todo tipo, infusiones extrañas que despedían un hedor nauseabundo, pero las fiebres no bajaban. Decidieron entonces bañarla en hielo, en agua helada y luego en agua ardiente, el cambio de temperatura reactivaría los humores sanos del cuerpo decía el médico, pero fue entonces cuando comenzó a delirar, hablaba de su difunto marido, lo veía presente a su lado en la cama y le hablaba, le contaba las mayores insensateces, le hablaba del mar, de viajes en barco, de Europa y góndolas en Venecia, ella que jamás había visitado la capital más cercana.
Lamentablemente a pesar de todos lo esfuerzos, la sangre ya estaba podrida, nada se podía hacer más que continuar perpetuando la tortura, dijo el médico al cobrar la factura y a los pocos días murió.

Los días posteriores al entierro se trabajó en un triste silencio, la ausencia de madre recorría cada estancia de la granja, pero el duelo no duró mucho, pronto su padre comenzó a bajar al pueblo con asiduidad, dejando a Homer al cuidado de todo.

Esto no molestaba a Homer, más bien al contrario, cuanto más alejado se encontrara de ese hombre más paz sentía dentro de si. Una vez acababa con las labores, se entretenía en la matanza de algún conejo para la comida, o martirizando algún pollo en la balsa, pero sin llegar a asfixiarlo, había aprendido de su padre la devoción por el arte de la tortura, la muerte, como de niño, ya no le producía ningún placer. En el sufrimiento de un ser vivo había descubierto una forma de redención estética, de arte grotesco, donde las convulsiones, los estertores y los alientos apagados se habían convertido en motivos de una celebración conminada a su salvación personal. Él, incapaz de sufrir, insensible tras tantos años sometido a los constantes maltratos de su padre, encontraba la paz que confiere el dolor en el sufrimiento de los otros.

Una tarde su padre llegó algo más temprano de lo habitual, borracho como una cuba, Homer jugaba con uno de sus polluelos.
-¿Qué haces con ese animal?, le espetó su padre, que apenas se sostenía en pie, mientras se aproximaba.
-Nada. Hacía semanas que no hablaban, pero en Homer el odio permancía intacto.
-Dame ese animal, estás loco... Conforme se avalanzaba sobre Homer con gesto amenazante, cayó a la balsa que apenas cubría un metro de profundidad. Mientras su padre chapoteaba intentando incorporarse Homer se reía, su padre lo intentaba con torpeza, pero no podía levantarse, Homer se reía, se reía como no se había reído en su vida, hasta que dejó de hacerlo.
-Déjame que te ayude. Le dijo, su padre se acercó. Entonces Homer lo cogió del cuello y lo hundió con todas sus fuerzas bajo el agua. Su padre comenzó a agitarse como un polluelo, moviendo brazos y piernas en todas direcciones, pero apenas sin fuerzas debido a su borrachera, poco a poco se fue debilitando, hasta que dejó de moverse.

Homer se sentó junto al cuerpo flotante, se encendió un cigarrillo, el sol se ponía, y comenzó a llorar en silencio conmovido de desbordante emoción, según fueron sus propias palabras frente a el tribunal porque "era feliz”.

Nadie entendió estas palabras, en general nunca nadie en el pueblo había tenido ningún trato con Homer al que se observaba como un ser extraño aunque inofensivo hasta ese día, en cualquier caso el jurado no tuvo problemas para dictaminar la sentencia, por parricidio la condena era la muerte en la horca.

Una vez en el patíbulo y con la horca en el cuello se invitó a Homer a declarar unas últimas palabras de arrepentimiento, pero Homer no dijo nada, no podía decir nada, era incapaz, tenía la boca seca y le temblaban las piernas, jamás se había encontrado entre una multitud, se sentía desorientado, era un animal acorralado, su rostro de dieciseis años, en el que se podía contemplar ahora todo el temor de su infancia, miraba crispado a la jauría humana que aullaba, lo insultaba y le escupía, buscando un gesto de bondad en un rostro amistoso, una mirada de piedad en una cara familiar, que no encontró. Cuando le pusieron el saco en la cabeza, apenas podía encontrar la respiración, se dió cuenta de que era el preludio, desde hacía tiempo Homer volvió a sentir miedo, pánico, se orinó encima, comenzaron a lloverle piezas de fruta podrida, huevos y piedras, que impactaron por todo su cuerpo con violencia, pero no tuvo la fortuna de perder el conocimiento, vivió cada instante de aquel último acontecimiento de su vida en toda su intensidad. Como una tortura, los ruidos, los olores, el tacto, el gusto, la visión oscura del saco sobre su cabeza, todos los sentidos se proponían estímulos en la primera parte de un asesinato inminente que no llegaba, como si el tiempo se hubiera detenido en el hueco que en su pecho se había abierto sobre aquellas tablas de madera, la misma intensidad con la que viviera sus años de infancia más cercanos a la felicidad en la granja, tan lejanos ahora, esta vez en cambio la víctima del juego era él.

Se abrió la trampilla violentamente, el público obsevaba cada convulsión, mientras entendía y calibraba el peso de la vida, tan frágil, sin darle mayor importancia al espectáculo, esbozando una sonrisa de satisfacción conforme el aliento de Homer en un estertor entraño y silencioso se desvanecía entre las trenzas de la cuerda.

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